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Los tatuajes, un arte urbano en boga para adornar la piel

Los tatuajes, un arte urbano en boga para adornar la piel

El 25 por ciento de los jóvenes españoles de entre 15 y 30 años lleva su cuerpo tatuado, una práctica canalla y con no muy buena reputación hasta hace bien poco, que hoy es moda, negocio y un quebradero de cabeza para algunos padres con hijos adolescentes.
«Es una moda que traerá secuelas. Siempre lo desaconsejo porque puede ocasionar problemas de salud. No puedo entender que haya padres que regalen a sus hijos un tatuaje por su cumpleaños. Mi experiencia me dice que muchos, al poco tiempo, se arrepienten y desean quitárselo», comentó recientemente Raúl de Lucas, dermatólogo en el madrileño hospital de La Paz.
Rosa Ortega, colega suya, profesora en la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada y miembro de la Academia Española de Dermatología y Venereología sostiene que «sí puedo decir que en los últimos 10 años he podido notar un aumento del número de mujeres, de clase media y de más de 40 años, que los llevan pequeños en el hombro, en un tobillo… Algo hasta hace poco impensable». A su juicio, «están poco resignadas a envejecer, piensan que son muy modernas y se tatúan en el mismo sitio del cuerpo que sus hijas».
«Tatuarse o ponerse un piercing supone siempre una cierta agresión al propio cuerpo. Numerosos estudios apuntan a que en muchas ocasiones las personas que lo hacen son inmaduros, con alguna frustración, problemas de identidad o con cierto grado de exhibicionismo. Otras veces viven en ambientes socio-familiares no deseados», apostilló Ortega.
Los dos galenos enumeraron los riesgos que conlleva esta práctica: dermatosis, reacciones alérgicas e infecciones como la hepatitis B y C, la sífilis o la tuberculosis. Sin descartar el sida. Hay muchos anestesistas que se niegan a poner la epidural a una parturienta que lleve tatuada la zona lumbar ante el peligro de que los pigmentos puedan pasar al canal raquídeo de la médula y acarreen serios problemas neurológicos. Así, los Gobiernos regionales fijan que un menor no pueda tatuarse o agujerearse el cuerpo si no es con el consentimiento de sus padres.

a favor. Como sucede en cualquier debate, también hay voces a favor de estas prácticas cada vez más en boga. Tatuar o perforar el cuerpo son prácticas «tan antiguas como el ser humano», recordó el antropólogo Juan Luis Chulilla, para quien se trata de «una forma más de comunicación. Hablar de moda es reduccionista».
Reservada durante siglos a los hombres, esta labor ha estado ligada hasta no hace mucho a grupos marginales, a presidiarios, marineros o prostitutas. «Hoy es un artículo de consumo más», afirmó el citado antropólogo, que conectó su auge actual con la cultura del culto al cuerpo, «con esa obsesión por lo corporal, por lo físico». Sobre los jóvenes, detectó un deseo de transgresión, «de diferenciarse de sus padres, que siguen considerando los tatuajes como un estigma social». «En otras épocas y otras culturas los valores asociados a la exhibición de los tatuajes eran completamente diferentes», añadió.

La simbología. Hace muchos años, señaló Rosa Ortega, de la Academia Española de Dermatología y Venereología, «las personas que llevaban estas marcas estaban poco integradas en la sociedad y tenían un bajo nivel intelectual. Existía una estrecha relación entre la localización, el motivo, el número de tatuajes y la situación de la persona». Y puso varios ejemplos: «Una rosa tatuada en el antebrazo era frecuente en alcohólicos; el número 13 sobre una M se lo tatuaban los consumidores habituales de marihuana; una jeringuilla dirigida hacia la vena en el brazo lo llevaban muchos heroinómanos; en los tatuajes de los legionarios siempre aparecía madre…».
«Ahora ha cambiado por completo el perfil de las personas que se tatúan. Se ha puesto de moda. Los cantantes, deportistas, actores y otros ídolos de la gente lo hacen y los jóvenes los imitan. Ocurrió lo mismo con el bronceado, durante siglos mal visto entre las clases altas», apostilló.

higiene. Ovi, tatuador desde hace nueve años y propietario de tres estudios -hay más de dos millares en el país-, dos en Madrid y uno en Gijón, que realizan unos 2.000 tatuajes al año cada uno, «en condiciones extremas de higiene y sanitarias», no oculta que eso no es así en algunos establecimientos:«Hay mucho engaño».
La clientela de Ovi la forman, sobre todo, hombres y mujeres de entre 40 y 50 años que entienden lo que para muchos es arte «más como una forma de vida que como una moda». Su recomendación para quien esté pensando en desvirgar su piel es que se informe del lugar del cuerpo donde se lo quiere hacer y el local al que acudirá.
Cuando es un menor el que quiere tatuarse, Guillermo Fouce, psicólogo, aconseja a los padres dialogar «con normalidad» con sus hijos sobre las consecuencias. «Si, a pesar de todo, no logramos convencerles, nuestra obligación de adultos es informarles y acompañarles para que se lo hagan en las mejores condiciones. Si se lo prohibimos, probablemente, el adolescente hará otra cosa peor y en peores condiciones. Son maximalistas en todo».
A veces, pertenecer al club tiene un precio. En el Ejército, las Fuerzas de Seguridad o para ser azafata, por ejemplo, está prohibido que se luzcan en público y en ciertos hoteles de Japón no se permite la entrada a sus portadores, porque suelen llevarlos la mafia de ese país.
También existe la posibilidad de arrepentirse. Con láser, eso sí. «Costará tiempo, dinero y, además, puede quedar cicatriz y no desaparecer del todo», advirtió la dermatóloga Rosa Ortega. Entre cinco y 10 sesiones de poco menos de 10 minutos cada una -una por mes-, dependiendo de la cantidad de tinta utilizada y de su profundidad en la epidermis, son necesarias para borrar mediante láser un tatuaje no muy elaborado. La operación, a la que se someten más las mujeres, oscila entre los 600 y los 6.000 euros.
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