nvitado por la Universidad de San Buenaventura para impartir un curso del doctorado en la Facultad de Filosofía, dictó también sendas charlas en la Universidad El Bosque, la Universidad Libre y en la Universidad Pedagógica.
Luis Sáez Rueda, profesor de filosofía de la Universidad de Granada, es autor de, entre otros, Movimientos filosóficos actuales, esa historia de la filosofía del siglo XX; El conflicto entre continentales y analíticos, en el que estudia las divergencias y las coincidencias de cada una de estas dos tradiciones filosóficas (vamos, en aras de la brevedad, a llamar también «tradición» a la segunda); y de Ser errático, una ontología crítica del presente, como lo indica el subtítulo del libro.
Aparte de sus libros que tanto y tan bien nos enseñan —porque no sólo son encomiables su erudición, su lucidez y su claridad, sino su estilo—, en sus charlas Sáez Rueda recalcó la deriva en la que se encuentra Occidente, compendiando y glosando los resultados que el grupo de investigación sobre patologías sociales de la Universidad de Granada —que él mismo lideraba— había alcanzado.
No sólo un menosprecio y una incomprensión de la ontología, también un desarraigo de la existencia, que merma el sentido de las personas; una sociedad enferma, de cuyo suelo es más que difícil que broten frutos sanos. Pero hay más: una racionalización del mundo de la vida, que convierte todo lo existente en existencias, mero inventario, simple dato estadístico, y una ficcionalización de todo lo real. Un mero cambio cuantitativo y aparente que impide pensar y crear nuevos mundos.
Su reflexión nos invita, entonces, a inventar un advenir que se consolide en formas más felices, más plenas. Porque, como enseña en Ser errático, también el acontecimiento tiene una tónica cualitativa: sólo allí, nos dice, «donde el esplendor comprehensivo y la exuberancia de la fuerza concurren en un mismo acto tiene lugar la abundancia más alta: la excelencia». Una excelencia que se ha ido difuminando en nuestro tiempo y en nuestro mundo.
Por mi parte, puedo decir que también yo he estado investigando el problema de las patologías de civilización, y quizás se dé el momento para hablar sobre ello. Pero, mientras tanto, conviene avanzar que, como a las personas, a las sociedades las definen más sus vicios que sus virtudes, más sus pasiones que sus razones. Y a la nuestra, por ejemplo, la caracteriza más la envidia que el odio, y más el chisme que la maledicencia.
La visita en cuestión fue en septiembre del año pasado, pero los medios, ocupados en sus reinados y sus desfiles de imágenes insustanciales, entretenidos con el retrato de lo banal y con su regodeo en lo insustancial, como estaban, atareados en su encomio de la insignificancia y en su comentario de lo siempre igual, distraídos en su organización de su triste y siniestro vacío, no dieron cuenta del suceso. Bueno, he aquí esta columna, para que al menos quede la anécdota.
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