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IGNASI Fernández, Profesor de Historia de la Universitat Autònoma de Barcelona

IGNASI Fernández
Profesor de Historia de la Universitat Autònoma de Barcelona

La celebración –en mayo de este año– del Quinto Centenario de la muerte de Cristóbal Colón, el descubridor de América, está dando pie a toda suerte de especulaciones sobre su lugar de nacimiento. Reivindicar el origen del célebre almirante parece haberse convertido en una cuestión de honor patrio para muchas personas. En un reciente programa de TV-3 se mostraban, literalmente, hasta las paredes de la casa mallorquina en cuyas piedras supuestamente –¡muy supuestamente!– el pequeño Colón se habría apoyado para aprender a caminar. Incluso desde sectores nacionalistas se ha reivindicado la especificidad catalana no solo de Colón, sino de toda la colonización, como si la conquista de América fuese un timbre de gloria nacional y no el inicio de un episodio que, desde el punto de vista moral, deja bastante que desear.
Digamos, ante todo, que, en términos historiográficos, esta cuestión es bastante irrelevante. El verdadero debate intelectual debiera estar centrado en las causas de la expansión colonial y en su impacto tanto sobre las poblaciones indígenas como sobre las europeas. Por sus conclusiones en ese terreno, y no por otros aspectos anecdóticos, es por lo que el centenario de la muerte de Colón será recordado como una contribución historiográfica importante o como una ocasión perdida para avanzar en el conocimiento y en nuestra reflexión sobre lo que supuso la presencia europea en América.
Pero lo cierto es que las divagaciones sobre el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón no son solo el divertimento erudito de algunos diletantes, sino investigaciones en las que se gastan recursos y publicidad que estarían mejor invertidos en otros asuntos.

EL LABORATORIO de Identificación Genética de la Universidad de Granada está analizando muestras de ADN de más de dos centenares de personas apellidadas Colom de Catalunya, Valencia y Baleares, mientras que el laboratorio de Antropología de una universidad romana está haciendo lo propio con los Colombo de Génova. Los datos resultantes serán comparados con el ADN de Hernando Colón, hijo del famoso almirante. Se toman como punto de comparación los restos del hijo porque los del padre están en muy mal estado y porque hay una secular disputa sobre el lugar donde verdaderamente están enterrados. Dentro de dos meses se espera que se hagan públicos los resultados.
¿Qué se espera obtener de esas pruebas? Parece lógico: si en algún caso las muestras de ADN indican que alguno de los analizados y Hernando Colón forman parte de la misma familia, se podría suponer cuál fue el origen del descubridor. Si, por ejemplo, un Colom catalán estuviera emparentado genéticamente con Hernando, se reforzaría la tesis de que Cristóbal Colón (o Cristòfol Colom, como prefieran) era catalán.
Parece lógico, sí, pero no lo es. Porque si aplicamos la lógica, lo único que estrictamente se podría deducir de esa prueba es que en algún momento algún descendiente de Colón se trasladó a vivir a Catalunya (o a Valencia, o a Mallorca, o a Génova…). A no ser que se pueda reconstruir el árbol genealógico de la familia afectada, eslabón a eslabón, hasta el siglo XV, lo que es francamente difícil. Porque, para que la investigación fructifique, hay que partir de la base de que el apellido se ha conservado intacto en la descendencia durante cinco siglos y de que la familia no se ha movido del territorio.
Pero lo que desde un punto de vista metodológico en ningún caso se puede hacer es aplicar esas suposiciones retroactivamente. Porque usted sea, pongamos por caso, holandés, nadie va a colegir que su familia, hace nada menos que 500 años, vivía en Holanda. A menos que pueda demostrarlo.

EL AVANCE de la investigación histórica se produce analizando documentos y comparando fuentes diversas que puedan soportar sin menoscabo el análisis de la crítica textual o arqueológica, ya sea que hablemos de Cristóbal Colón, de Leonardo da Vinci, o de María Magdalena. Y cuando estas fuentes no existen, lo que procede es seguir buscando y, mientras tanto, callar o declarar con humildad nuestra ignorancia.
No es riguroso aventurarse en mil conjeturas débilmente fundamentadas, presentando lo que son especulaciones o hipótesis que deberán ser confirmadas fehacientemente, como si fueran aportaciones históricas contrastadas. Y no porque esas hipótesis se revistan con los últimos adelantos de las ciencias empíricas, como el análisis del ADN, pasan a ser pruebas concluyentes.
Sobre todo, es primordial, si queremos conservar el crédito de la investigación histórica, que los avances no se produzcan en contra de la lógica que ha de imperar en la metodología de todas las ciencias. Y esa metodología impone que, sobre lo que no se sabe, lo mejor es callar.
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