El profesor de Derecho Andrés Sopeña llama al aula: “Las clases siempre sirven, y las buenas clases, muchísimo”.
Carolina y Lorena, dos granadinas de 18 años, se han levantado esta mañana con un cosquilleo en el estómago: hoy ha sido su primer día de clase en la Universidad, concretamente, en la facultad de Derecho, y no han podido evitarlo: “Me he puesto un poco nerviosa… bueno, más que nerviosa, he venido con susto”, dice Carolina.
Desde el instituto, donde han compartido cientos de horas de clase con los mismos docentes y muchos recreos con sus compañeros, irán a partir de hoy y durante los próximos cinco años a una facultad con muchos más alumnos, profesores desconocidos, “fríos y distantes” -según la primera impresión de Lorena-, aulas gigantescas, conserjes y administrativos estresados y un edificio que se convertirá en un mundo por descubrir.
“No sabes lo que te vas a encontrar”, afirma Carolina, “pero yo creo que me acostumbraré pronto”.
En la puerta de esta facultad -una de las que más alumnos acoge cada año- conversaban María (23 años) y Laura (20), que van a cursar 2º y tercero de Derecho, respectivamente. Esta vez no tienen miedo ni nervios ante su primer día de clase. El diálogo iba por otros derroteros: “Me quedo este año con menos beca porque he suspendido \’Economía\’ y \’Penal\’”, se lamenta Laura. “Más que difíciles -contesta a GD sobre por qué estas dos asignaturas- es que los profesores dan mucha caña”.
La matrícula puede costar una media de 600 a 800 euros. María tiene que trabajar en la hostelería durante el curso para pagárselo, por eso el año pasado “no me fue bien del todo, pero este lo empiezo con mucho más ánimo”, afirma.
De lo que ambas se extrañan es de “la poca gente que hay”. Quizá porque esta vez el calendario universitario ha empezado en septiembre, para caer en lunes el primer día de clase, en vez del 1 o 2 de octubre, como suele ocurrir.
Aunque el curso ha sido madrugador este año, el ambiente ha sido hoy muy universitario: últimos papeleos de matrículas, primeras clases con las presentaciones de cada asignatura, búsqueda de grupos y aulas, encuentros con los compañeros tras el verano, y también primeros cafés en las terrazas cercanas a las facultades y compras por el centro de Granada con una escueta carpeta sin apuntes bajo el brazo.
Es el primer día y se puede perdonar, pero Andrés Sopeña, profesor de Derecho de la Universidad de Granada, asegura que ir a clase “siempre sirve, y a las buenas clases, muchísimo más”. El autor de \’El florido Pensil\’, que imparte Derecho Internacional Privado, cuenta que en sus clases no da apuntes, sino que procura que sean éstas sean abiertas y participativas.
Pero en los últimos años se ha encontrado con un inconveniente: la “pasividad” de los universitarios, cada año un poquito mayor, que se acompaña de un nivel de conocimientos que también es cada vez más bajo: “En terminología, en esa cultura general que se requiere para realizar una carrera universitaria, en la dificultad que tienen para hacer exposiciones orales y en redacción, etc., etc.”, enumera. Incluso el “alumno brillante” -aquel que no baja del Sobresaliente en ninguna materia- “no tiene ahora interés en señalarse”, se lamenta Sopeña, quien añade que “a mí me servía, porque me motivaban mucho”.
Ante este fenómeno, que se manifestó según él con más fuerza hace unos años y ahora se va notando cada curso “un poquito más”, el nivel de las clases también baja. “Yo me adapto, en aras de la comprensión”, asegura, “y quienes mantienen el nivel ignoran que un alto porcentaje del alumnado no se está enterando”.
Sopeña asegura que se esfuerza para que sus clases “sirvan”. Pero hay “nuevas modas”, como que “con esto de los créditos, los alumnos se matriculan de varias asignaturas a la misma hora”. Así, “no he tenido nunca un nivel más bajo de asistencia, y eso que soy de los profesores que más tiene”.
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