Septiembre es el mes del año donde el fenómeno atmosférico por excelencia de la zonas tropicales hace su aparición con mayor fuerza en el mapa oceánico.
Vivir un fenómeno atmosférico como un huracán nunca ha sido tan mágico como el tornado para el personaje de Dorothy en el Mago de Oz. Tras el paso de Gustav Hanna e Ike por el Caribe y Estados Unidos es momento de esclarecer las características y dimensiones de uno de los fenómenos más recurrente en las zonas tropicales del planeta.
El catedrático de Física Aplicada de la Universidad de Granada Juan Ignacio Jiménez explica de forma sencilla en qué consiste el fenómeno atmosférico: «Un huracán no es otra cosa que una borrasca tropical en la que los vientos son superiores a 120 km/hora y que, además, van acompañados de una intensa precipitación». Esta definición sería del todo imprecisa si no se aclaran ciertas características que hacen que una tormenta tropical desemboque en el fenómeno atmosférico que mantiene en vilo a millones de personas cada año por estas fechas: «En un primer momento se forma una borrasca, que es una perturbación atmosférica en la cual los vientos giran en sentido contrario a las agujas del reloj, como consecuencia de la fuerza de Coriolis en el Hemisferio Norte».
Los factores que provocan que una borrasca se convierta en huracán son diversos. En primer lugar actúa la humedad, que en las zonas oceánicas es mayor. Además, también influye la temperatura del agua, que durante el periodo que va de junio a noviembre está por encima de los 25 grados centígrados. De esta manera, la evaporación «es muy intensa» lo que, junto a la circulación del viento por la zona central de la borrasca -fenómeno que se da en la superficie-, produce que las masas de aire calido y frío suban muy rápidamente; a una altura de 2.000 o 3.000 metros, que es donde se encuentran las masas de aire frío que provoca la condensación rápida de vapor de agua y de manera más intensa que en otras circunstancias, según explica Juan Ignacio Jiménez.
El hecho significativo que define este fenómeno frente a una tormenta tropical es el archiconocido \’ojo del huracán\’, como se denomina «la zona donde no hay nubes, sino que está formada por una pared de nubes que delimitan una zona central circular y donde hay una relativa calma». Ésa sería la zona propicia en la que podrían formarse los tornados, que en realidad no se suceden al estar sobre el mar e intensifican el proceso del huracán, ya que continuamente está absorbiendo aire húmedo y la condensación en la zona alta. «Justo en el momento en que toca tierra el huracán es cuando éste pierde fuerza, al no tener la suficiente cantidad de agua para alimentar el proceso», señala el catedrático de Física Aplicada de la UGR.
El Ecuador es la zona donde nunca se podría provocar un huracán por permanecer fuera de los límites de la fuerza de Coriolis, la que hace posible la rotación de la Tierra. Si bien cada área del planeta llama de una manera distinta a este fenómeno – en el Ócéano Índico se llama ciclón y tifón en la zona de Indonesia-, todos ellos, que siempre se desplazan hacia el Oeste en su trayectoria, son igualmente de peligrosos y destructivos en función de su categoría -de la primera a la quinta -, determinada por la velocidad del viento. Toca esperar poder encuadrarse dentro de «la calma relativa del ojo del huracán».
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