SON ya muchas las voces que admiten en el ámbito científico que las migraciones son un fenómeno social «total» puesto que interviene en casi todas las esferas. Pero precisamente su «totalidad» nos debe hacer saber que no es fruto de coyunturas azarosas y tampoco puede ser circunscrito a territorios determinados. Una documentación básica nos muestra que las migraciones son propias de todas las épocas históricas. Tanto es así que hay quienes afirman que forman parte de la condición humana. Por eso mismo, pensarlas confinadas a un territorio con exclusividad supone errar en el análisis. Las migraciones no son sólo del sur al norte y no sólo hacía Europa, Occidente o los países más ricos sino que tienen muchas y muy variadas direcciones.
Otro tópico en nuestra manera de pensar las migraciones revelan los términos con los que a veces las describimos. «Oleada», «avalancha» e «invasión» son palabras fáciles de oír cuando la gente habla de la «inmigración». Parece como si de repente el conjunto de las personas de un lugar se desplazara masivamente hacía «mi barrio», «mi ciudad» o «mi país». De nuevo, un efecto distorsionante de carácter etnocéntrico nos nubla la visión. La mayoría de la gente de un lugar (también de un país) no migra, aunque lo pueda desear y aunque lo pueda pensar. Lo tienen muy difícil los que son identificados como pobres y por ello tenemos la necesidad constante de aclarar que los migrantes difícilmente son los pobres de un lugar (diferente es que en el llamado país de «acogida» terminemos convirtiéndolos en pobres). Dicho de otra manera, no todos se marchan y, con ello, una muy buena manera de entender las migraciones tiene que ver con preguntar a los que se quedan las razones para quedarse.
Y con estos asuntos y algunos más se configura un complejo fenómeno que no pocas veces queremos reducir a cuestión de «control de flujos» y de integración de aquellos que han logrado la hazaña de llegar, de instalarse y de no tener que marcharse. Durante mucho tiempo y aún hoy se piensa desde el hacer y decir de la gestión de la cosa pública, que una de las cuestiones centrales en el asunto de las migraciones es la de la gestión de los flujos: dónde entrar y por dónde, podría se un resumen simple. Aquí baste decir de lo limitado de la mirada, sin mencionar el derecho humano de migrar, si somos conscientes de que a pesar de las fuertes demandas de «mano de obra migrante», los llamados gobiernos de países ricos tienen «congelada» la entrada de otras personas en tanto que migrantes (la creencia de que es posible la migración cero). Como es de suponer, si el migrante no lo es y se nos presenta como turista, la cosa cambia y las puertas se abren de par en par. Precisamente es como «turistas» -con un visado de este tipo- como entran muchos de los migrantes, es decir, en condiciones de normalidad y «regularidad», y será después cuando entren en una situación algo más compleja que algunos, sin escrúpulos, se atreven a calificar de «ilegal» (¿como es posible pensar en que una personas sea «ilegal» o que la misma migración, como fenómeno demográfico que es, sea «ilegal»?). En fin, se piensa, como decimos, que eso de controlar los flujos debe ser una de las patas de cualquier política (in)migratoria, aunque las pruebas muestran que sobre las migraciones, lo que no se puede ejercer, por la condición de la que hablamos más arriba, es un control exhaustivo.
Otra pata de la mesa de las políticas sobre las migraciones es la de la integración. Con ello se refieren a la incorporación de los «recién llegados» a la sociedad de «acogida». De ello hay mucho que decir, pero baste por ahora la advertencia de la ecuación unidireccional que se nos suele presentar: «el que llega que se integre a donde llega». Parece como si se tratara de una prueba más por la que tiene que pasar, después de haber sorteado muros y murallas, vallas y alambradas, ríos y mares… Además de conseguir llegar, ahora tienen que integrarse, lo que niega cualquier conocimiento de los que tenemos sobre el funcionamiento bidireccional con el que se construyen todas las relaciones humanas.
En fin, éstos son solo una mínima lista de los asuntos que pueden ser atendidos cuando hablamos de migraciones. Y por ello serán éstos y muchos más los que trataremos los próximos tres días en el I Congreso Internacional sobre las Migraciones en Andalucía. Lo que se diseñó pensando en una presentación pública del recién creado Instituto de Migraciones de la Universidad de Granada, ha terminado siendo una «oleada», «avalancha» e «invasión» (esperamos que se nos permita la ironía) de migrantólogos de muchas partes de España y varias del mundo, reunidos para discutir, como decimos, sobre estos y otros asuntos. El congreso, hasta aquí, ha sido un éxito, falta terminarlo con la calidad y excelencia de los debates y reflexiones, pero al menos hemos podido comprobar que la apuesta de las autoridades de la Universidad de Granada por la creación de este Instituto, tenían un sólido fundamento. El haber reunido a más de ochenta profesores y profesoras de la Universidad en este proyecto, ha comenzado a dar sus frutos en forma de planes de investigaciónn y, ahora, en forma de dinamización y atracción del colectivo de investigadores sobre el fenómeno convencidos de que venir a Granada a pensar y dialogar sobre las migraciones es una rentable acción. Démosles por ello la bienvenida a esta ciudad.