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Donde el silencio se escucha

Donde el silencio se escucha

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La ruta que transcurre desde Pueblo Nuevo, anejo de Motril, hasta la localidad de Gualchos es ideal para quienes disfrutan en plena naturaleza de un ambiente relajado y tranquilo. A lo largo de más de 50 kilómetros, lo único que se oye es el murmullo del viento, el zumbido de alguna abeja y los gemidos del esfuerzo de los ciclistas. Este recorrido, bien conocido por estos deportistas, también es compartido por los que desean montar a caballo o practicar motociclismo. Admite variaciones, como su conexión con la subida hacia el Conjuro o incluso a la Sierra de Lújar. En esta ocasión, el destino será Gualchos, capital de Castell de Ferro, a 9 kilómetros de la costa, balcón que mira hacia el Mediterráneo, pero también hacia las sierras de Gádor (Almería) y, sobre todo, Sierra Nevada. En este lugar, poco explotado, sorprende el sosiego absoluto, tan sólo alterado el rato que los niños van al colegio. Y es que Gualchos es el municipio donde el silencio se escucha.
El inicio del camino empieza en Pueblo Nuevo, en la ciudad de Motril: una acumulación de casitas y grandes cortijos que sus dueños frecuentan durante el fin de semana y, cada vez más, para vivir, por su cercanía a Motril. El sol está casi siempre presente en este núcleo y en sus jardines, alegrados por la primavera que ya disfruta el clima tropical de la costa. Algunos olivos son testigos de otros tiempos, al igual que casas con típico sabor añejo.

Uno de los desvíos, en la ascensión, a la izquierda, lleva hasta Los Tablones, otro de los anejos motrileños. Pero el recorrido sigue en dirección ascendente, pasando por La Garnatilla. Está muy bien señalizado unos metros antes: La Garnatilla, Los Tablones, Lújar, Gualchos. Al fondo, en la vía llamada Carretera de Lújar, se presenta El Conjuro, coronando la montaña. En la ascensión, ya se empieza a vislumbrar el mar, con el conjunto de Motril al fondo y el Puerto. Las retamas van dando paso a un vergel inesperado. Un gran pinar se abre a los ojos y al olfato del viajero. En un momento de la ascensión, queda Motril a un lado y al otro, la vista que se disfruta –aparte de los bancales– es la de Carchuna y Calahonda, con sus invernaderos y urbanizaciones cercanas al mar. En un día soleado, parece que el mar está en ebullición, por el brillo del azul del agua.

A lo lejos, se asoma la Atalaya de la Estancia, que ha recibido varios nombres a lo largo de su historia, como Torre del Águila o de la Punta del Melonar. Está situada sobre el llamado Cerro de la Estancia, a 225 metros de altura y unos 350 metros del mar. A poniente, tiene la Torre de la Rijana y a levante, el Castillo de Castell de Ferro. A sus pies, se encuentra la playa del Sotillo, donde se encontraba antiguamente un puerto. Fue mandada construir por un militar motrileño en 1764, relevando prácticamente en funciones a la de la Rijana, que quedó abandonada. El objetivo de su constructor era ser nombrado capitán y destinado en el Regimiento de la Costa.

El recorrido pasa junto a ella. Una vez superado su cerro, se aprecia una vista única en la que está integrada, con el mar de fondo y los municipios de Motril, Salobreña e incluso Almuñécar.

El camino, que parece cada vez más lineal, se bifurca, por un lado, hacia Lújar y, por otro, en dirección a Gualchos, Castell de Ferro y Almería, que es la que sigue esta ruta. Con la vista del Pico del Águila y la indicación pertinente, comienza el término municipal de Gualchos y, a continuación, la inclinación descendente. En este recorrido de vistas diversas, ahora se muestra una de las más sorprendentes: la de Sierra Nevada, bajo la ilusión de muy cercana, la Sierra de Gádor de Almería, ambas aún con un manto blanco y, por otro lado, el mar, interminable hacia Almería.

A la visión de conjunto de Gualchos, con su iglesia en la mitad aproximadamente, le sucede enseguida la llegada al pueblo. Antes de adentrarse en el núcleo urbano, es imprescindible la visita al conjunto turístico de la Mina, del siglo XIX y, sobre todo, de su lavadero, muy bien conservado. Desde allí, se demuestra su condición de balcón al mar que algunos visitantes han preconizado de la localidad. Pero no sólo mira al mar, sino a Sierra Nevada, que se asoma a la izquierda, y a Castell, presidida por su castillo. Un pequeño y coqueto mirador y un conjunto de árboles acompañan el antiguo lugar donde las mujeres lavaban la ropa y la ponían a secar. Ya desde aquí, el silencio sólo es enturbiado por el agradable discurrir del agua de una fuente cercana.

Un paseo desde el que se adivina el casco urbano, con la iglesia al fondo, da la bienvenida al viajero. Una vez que se introduce en el casco urbano, el silencio es el que toma la palabra y, si no fuera por las muestras de que las casas están habitadas, cualquiera diría que allí no vive nadie. En pocos lugares existe esa tranquilidad tan envolvente y poco común en los tiempos que corren. Y, todo ello, a 10 kilómetros del mar.

Entre la blancura de sus construcciones, de remarcado estilo alpujarreño, destaca la iglesia de San Miguel, reedificada en los siglos XVII y XVIII. Un poco más adelante, en dirección a la plaza del pueblo y antes de llegar a lo más peliagudo de sus serpenteantes calles, hay una placa conmemorativa en la fachada de la casa donde nació el hijo de Federico Gutiérrez Jiménez, rector de la Universidad de Granada y senador del Reino, según reza, que data de 1910.

En la plaza del pueblo se conserva en funcionamiento una fuente que data de 1848. Casas que rayan la señorialidad y la antigua sede del Ayuntamiento que fue trasladado a Castell, son otros de los lugares de interés. A la salida del pueblo, se pueden ver algunos paisajes bucólicos en vivo y en directo, como el pasto del ganado. En pocos minutos, se llega a la Costa. La vuelta es recomendable por la N-340.

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