Orgullo, ceremonia y muchos besos
Ignacio viste traje oscuro y corbata y tiene todo el aire de ser un chico serio y formal. Tiene 26 años y estudia Arquitectura. No hizo el servicio militar porque ya no es obligatorio, aunque reconoce que no le hubiera importado. Como no hizo la mili, tampoco juró la bandera. Pero ayer tuvo la oportunidad de hacerlo como civil y no lo dudó. «Para mí es un día especial, me siento muy orgulloso», declaró, poco antes de besar la enseña nacional.
Como él había ayer otras trescientas personas en la explanada junto al Palacio de Congresos. Y en este caso se podría decir lo de que eran todos los que estaban, pero no estaban todos los que eran, porque fueron más de mil las personas que pidieron participar en la Jura de Bandera de personal civil que organizaba el Mando de Adiestramiento y Doctrina (Madoc). Por una cuestión de operatividad, hubo que recurrir a un sorteo para elegir a los trescientos que finalmente esperaban su turno en una mañana que, esta vez sí, fue soleada. En la anterior cita, en marzo, no ocurrió lo mismo, más bien llovía de lo lindo, así que el acto se aplazó.
En las filas hay mayoría de hombres, aunque también abundan las mujeres. Predominan los trajes de chaqueta y los vestidos elegantes, aunque sin llegar a ser de fiesta. La franja de edad es amplísima: los hay muy jóvenes, como el nombrado Ignacio, y muy mayores, como Josefa, que tiene 91. «Siento una alegría muy grande», resume la anciana, algo que corrobora su hija Julia, que está allí con ella y que confiesa que, en su familia, lo militar tiene peso. No en vano, dos de sus hijos son legionarios.
Otro que no se ha perdido la oportunidad es Sebastián Pérez, concejal, senador y presidente provincial del PP. Está el primero en una de las filas, de hecho, con gesto serio y concentrado. Mucho más atrás hay una madre que lleva en silla de ruedas a su hijo, tetrapléjico. La una y el otro besarán la bandera, algo que también harán poco más tarde cuatro curiosos personajes que posiblemente ya han superado el medio siglo de vida y que han llegado a la explanada uniformados: pantalón vaquero, polo verde y boina del mismo color. Se acercan a la bandera desfilando y al llegar ante ella se quitan la gorra, muy ceremoniosos.
Su aspecto sería chocante en otro contexto, pero no en un lugar en el que ayer reinó el espíritu castrense, y los militares, ya se saben, gustan mucho de la ceremonia y la disciplina.
Porque ceremonioso es también el momento estelar del acto, ése en el que un militar pregunta a los presentes si juran por Dios o prometen por su conciencia y honor guardar y hacer guardar la Constitución como norma fundamental del Estado, con lealtad al rey y a la bandera y, si fuera preciso, dar la vida por ella. Todos responden al unísono y a pleno pulmón. Se oyeron bastantes más «juro» que «prometo», puestos a precisar.
Militares los había de todos los cuerpos imaginables. Estaban allí los legionarios, que fueron además los encargados de amenizar musicalmente la sesión -con el acierto de intercarlar, entre marcha y marcha, el \’Banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda\’- y había hasta un grupo ataviado con trajes de época y portando enormes lanzas.
Tampoco faltaron las medallas y las condecoraciones, igualmente consustanciales a la institución. Las recibieron muchos militares, pero también las hubo para algunos civiles, como el subdelegado del Gobierno, Antonio Cruz, el concejal de Relaciones Institucionales de Granada, José María Guadalupe, al presidente de la Asociación de la Prensa, Antonio Mora, o al ex presidente del Círculo de Amigos de las Fuerzas Armadas de Jaén, Lucas Ramírez. Mención especial mereció Francisco Martos, ex vicerrector de Postgrado y Formación Continua de la Universidad de Granada.
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