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Sed

federico vaz

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UN gentil le dijo a rabí Josué: Vosotros tenéis días festivos y nosotros tenemos días festivos. Cuando os alegráis vosotros, nosotros no nos alegramos; y cuando nos alegramos nosotros, vosotros no os alegráis. ¿Cuándo celebramos juntos, entonces?. Rabí Josué respondió: Cuando cae la lluvia. Si el rabí Josué del Talmud fuera nuestro contemporáneo debería irse buscando nuevas excusas para la celebración ecuménica. Al contrario, la caída de la lluvia en un lugar de nuestra geografía mientras en otro las nubes pasan de soslayo puede degenerar en una batalla interautonómica sobre el trato preferente que el Gobierno Central da a unos sobre otros. La salomónica decisión –estoy bíblico hoy– sobre el trasvase Tajo-Segura convierte a los mismos gobernantes en avarientos o despilfarradores según los sedientos ojos que los contemplen. Este verano que aprieta hasta ahogar ya desde sus primeros compases, este cielo de un azul despiadado y que en todo caso se desata en tormentas tan espectaculares como faltas de contenido, como una película de efectos especiales del Hollywood reciente… todo sumado a las inclemencias de la vida urbana en una ciudad a menudo tan caótica, puede acabar con nuestros nervios y somatizarse en todo tipo de sarpullidos.
Ayer lo advertían los médicos del Clínico en este periódico. Seis de cada cien granadinos andamos –la primera persona es por no señalar– con la tornillería suelta: ansiedad, depresión, somatizaciones, esquizofrenia, psicosis afectiva, trastornos de personalidad… somos el apartado de indicaciones en el prospecto de un medicamento de los que se venden con receta y con el mancebo apuntándonos con un subfusil de asalto. Si hasta se nos asfixian y se nos desnucan las criaturas imitando anuncios de coches. Es terrible pensar que, si uno vive en un bloque de cinco plantas a cinco puertas por piso y cuatro miembros por unidad familiar, seis de nuestros convecinos nos pueden estar acechando con un hacha tras la puerta.

Y de eso tiene gran parte de culpa que a Granada le sobran setenta kilómetros de tierra alrededor, porque junto al mar se razona mejor, y esos inmensos boquetes llenos de excavadoras y tierra removida que van desde el Parque Nevada hasta Huetor Vega, pasando por el Campus de la Salud, y desde Maracena a La Chana. Cuando se levanta el viento esa obra infinita transformada en gigantesca constrictor nos estrangula y nos sepulta bajo una inmensa nube de polvo en suspensión. Únanse un termómetro que se agarra a los 36 grados un día tras otro, un tráfico que no amaina –¿es que no se va nadie?–, y la imposibilidad de refrescarse en una piscina pública que cualquier pueblo interior de tres mil habitantes tiene y que todo el IBI de Granada capital no parece poder pagar… Si no cae la lluvia pronto se nos irá la cabeza, y entonces lo único que celebraremos juntos será la noche de los muertos vivientes… y esto es Talmud apócrifo.

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