TRIBUNA
A José Antonio Lorente
VÍCTOR BOLÍVAR GALIANO/DOCTOR EN MEDICINA. PEDIATRA
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ANTES de que nos sorprenda el tímido azul de la alborada, de que las torres bermejas de la Alhambra se bañen con esa primeriza luz que todavía no ha traspasado los ventanales de su laboratorio; cuando todavía los barrenderos recogen las últimas secuelas del reciente botellón, verbigracia, en la plaza de Gran Capitán él ya se encamina, presto y diligente, hacia su trabajo. Previamente, ha fatigado las calles con su cotidiana calistenia siguiendo el viejo aforismo latino mens sana in corpore sano.
Dice José Antonio que es un hombre «entre normal y extremadamente normal» y que si posee una virtud, ésta es el trabajo, aquella virtud que don Miguel, el entrañable médico de Olula, miembro de la Real Academia de Medicina de Granada inculcó con paternal ahínco en sus hijos. Quienes presumimos de conocerlo bien, sabemos las muchas virtudes humanas que le adornan, por tanto, podemos asegurar que no sólo en lo laboral radica la excepcionalidad de José Antonio. Mas no quisiera restar objetividad a lo demás por haber compartido con él, y con su amada Begoña, con nuestros hijos, familiares y amigos, inmensos ratos de bienestar, de haber recibido, tal vez, una docena de años nuevos y despedido cientos de vísperas de festivos, disculpándose por tener que mirar de reojo a su reloj, o al móvil, pendiente, seguramente, de un vuelo transoceánico o de una tarea científica inexcusable. Escaso, pero intenso, es el tiempo para el ocio en José Antonio, cuya capacidad de trabajo sí que es extremadamente fuera de lo común: a las horas de bata y microscopio, entre matraz, reactivo y secuencia genómica, este monstruo dirige el Laboratorio de Investigación Genética de la Universidad de Granada y simultanea la confección de publicaciones, con la realización de viajes intercontinentales, consultas con gobiernos de múltiples naciones, conferencias, entrevistas, simposios
Lorente, muchas, muchas veces al año cruza el charco volando como embajador de nuestra ciencia, casi con la disposición de quien atraviesa el Camino Ronda. Es recibido, doquiera que vaya, con entusiasmo y esperanza como el gran investigador que es, el notario del ADN, un fiel asesor de la Historia descarnada, el bautista de los huesos , en definitiva: un desfacedor de entuertos capaz de aparear -al menos para la posteridad- el alma a la materia; y contribuir así al más justo y certero epitafio, a la gran verdad del ser humano. Pero el territorio del ADN, el de las bases púricas y pirimidínicas, como bien expone en el profesor Lorente, no sólo es capaz de identificar a alguien desde el momento de la concepción hasta siglos después de su muerte, sino que ha abierto, con él y su colosal equipo de investigadores, unas vías de aplicación en el terreno de los vivos de incuestionable utilidad. El ADN es el cimiento de la biología moderna. Y Lorente ha radicado dichos cimientos en Granada, para beneficio no sólo de estudiosos, forenses, historiadores y criminalistas, sino de cualquier particular.
José Antonio, cuando le han entregado la Medalla de Honor de la Fundación Rodríguez Acosta, confiesa que ha basado su éxito en cuatro pilares, a saber: su familia y amigos; su maestro, el profesor don Enrique Villanueva; la Universidad de Granada; y su equipo de colaboradores. El prestigio del profesor Lorente crece paralelo al de la Universidad y de manera intrínseca va unido al afán investigador de una tierra que ya recoge los frutos de su tesón. Enhorabuena, José Antonio, por la Medalla; a ti y a tus cuatro pilares. Y a la ciudad de Granada, la tierra que le vio formarse, enamorarse y trabajar.