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Andrés Manjón: Una vida entregada a la educación de los más pobres

– Andrés Manjón: Una vida entregada a la educación de los más pobres

HACE unos días, en las páginas de IDEAL, José Sánchez, antiguo alumno de las Escuelas del Ave María, nos recordaba, a propósito del centenario de la fundación del Colegio del Ave María de las Vistillas (calle de Molinos), la ingente labor que había llevado a cabo su fundador, el canónigo y catedrático Andrés Manjón, entre 1889 y 1923.

El pasado día 29 de mayo concluía, en Aparecida (Brasil) el V Encuentro General del Episcopado Latinoamericano, que durante tres semanas ha debatido sobre el tema de la evangelización en el continente sudamericano, en el que, como sabemos, la situación de pobreza, injusticia y violencia alcanza cotas muy altas. En todos estos encuentros (Medellín 1968, Puebla 1977, Santo Domingo 1992 y, ahora Aparecida (2007) se ha repetido incansablemente la frase -ya tópica- que «la Iglesia tiene que hacer la opción preferencial por los pobres».

Pues bien, esa fue la opción que hizo, a finales del siglo XIX, el ilustre catedrático de la Universidad de Granada y piadoso canónigo de la Abadía del Sacro Monte, Andrés Manjón. Él nunca negó su origen humilde: «Nací pobre, viví entre pobres, carecí de escuela formal y por esta causa pasé angustias y trastornos y sufrí retrasos en mi carrera», escribiría al final de su vida. Y cuando logró una posición social desahogada, al ser catedrático y canónigo, no se instaló cómodamente en la sociedad de su tiempo, sino que optó por el servicio a los más necesitados. «Mi origen, pues, y mis apuros y deficiencias me impulsaron a instruir a aquellos de mis hermanos que más se me aproximaban por la cuna, la ignorancia y la pobreza; mis simpatías fueron para los pobres», dejaría escrito. ¿Cómo empezó su servicio a los más abandonados de la sociedad? En 1888, cuando residía en la Abadía del Sacro Monte y tenía que bajar a impartir sus clases de Derecho a la Universidad, contemplando diariamente el triste espectáculo que ofrecían los habitantes del Camino del Sacro Monte, situación que él resumía así: «Suma ignorancia, extremada pobreza, desmoralización, escándalo público, fermento de una raza (entonces contumaz a la cultura), y lo inveterado de esos males». Ante esa trágica situación, y movido por su espíritu de amor cristiano, fundó una escuelita, junto al domicilio de los habitantes del camino. Por sus escritos podemos seguir el espectacular desarrollo de su obra: «La escuela se abrió en 1º de octubre de 1889, y con tal éxito que el primer día asistieron 14, el cuarto 45, al mes 70, a los tres meses 120. Al año había más de 200, que hubo necesidad de dividir en diferentes escuelas, contando hoy hasta seis, entre niñas y niños, adultos y adultas, con asistencia de 300 alumnos, y una matrícula que pasa de 400». El ritmo de crecimiento fue tal que antes de terminar el siglo XIX el número de alumnos superaba el millar, entre niños y adultos, habiendo iniciado una Escuela de Artes y Oficios en 1897. El 21 de abril de 1900, con la ayuda de la familia López Barajas, abrió otra escuela en el Triunfo, junto al convento de los Capuchinos. Una semana más tarde nos cuenta en su diario que había matriculados más de cuatro cientos cincuenta niños.

Para estrenar el siglo XX, el día uno de enero de 1901, y con mucha ilusión, inaugura las Escuelas del Ave María de Quinta Alegre, situadas en el entonces llamado Camino Bajo de Huétor (hoy, Avenida de Cervantes), con la misma aceptación que la abierta en el Triunfo unos meses antes, según nos cuenta en su diario, al tercer día de la apertura: «El primer día (acudieron) ciento veintisiete criaturas, de las cuales hay ciento cuatro que no conocen la a, ciento veintitrés que no saben leer y ciento veintiséis que no saben rezar y de los ochenta párvulos, es raro el que se sabe santiguar. Esto prueba la necesidad de aquella escuela y lo que importa educar a la mujer para que eduque al niño». Para la adquisición de los terrenos y la construcción de los locales contó con la ayuda económica del banquero granadino don Gustavo Gallardo, gran admirador de don Andrés.

Manjón seguía insatisfecho al contemplar la depauperada y abandonada Granada de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y sentía y soñaba con «cercar Granada con campamentos escolares para poder conquistarla» (la frase es suya) y así surgió el deseo y la necesidad de construir otra escuela en el barrio del Realejo, que se hizo realidad con la ayuda económica íntegra de D. Mariano Agrela, conde de Agrela, escuela que fue bendecida el 5 de junio de 1907 (hace ahora exactamente un siglo). Por los datos que encontramos en el diario de Manjón podemos colegir la necesidad de aquella escuela y que no se trataba del capricho de un hombre caritativo. El 16 de agosto, día en que comenzaron las clases, escribía en su diario: «Se inauguran las Escuelas del Rosario y asisten el primer día 126 niños». El 17: «Hoy crecen hasta 150 dichos niños». El 18: «Llegan a 200». El 19: «La matrícula asciende a 280, de los cuales se admiten 240 y los demás quedan en espera de aumento de clases, que hoy son cuatro». No cabe duda de que Manjón fue un cristiano ejemplar: su amor al prójimo le llevó a una entrega total e incondicional a los más necesitados. El hizo ya la opción preferencial por los pobres. Hoy, en España, se nos abre un nuevo campo educativo: el mundo de los inmigrantes. ¿Qué haría don Andrés Manjón?
En cuanto a dejar los estudios para última hora advierte de que con el nuevo sistema será cada vez más complicado aprobar si no se estudia desde el principio. «O estudian desde el principio de curso o no vale el último atracón», añade. O sea, que les servirán de poco los trucos para estar despierto.

Por cierto, el café y la coca cola siguen tan de moda como siempre, o quizás un poco más. Son los aliados de cientos de universitarios y estudiantes de institutos para mantener los ojos abiertos.
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