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Columna plagiada

– Columna plagiada

PLAGIO. Pronúnciese muchas veces y muy seguido. Plagio, plagio, plagio, plagio. Suena a insecto, a enfermedad, a síndrome, a estrago. Plagio. Esa p explotando por dentro y empapando el aire de saliva, seguida de una g que araña en la garganta y se agita gelatinosa y ronca. Somos un plagio de la generaciones anteriores, una copia mala de nuestros muertos. Les plagiamos la mirada, los andares, los miedos, las cobardías, la manera de remover el café y hasta los ronquidos. Nos pasamos la vida imitando sueños ajenos que imaginamos propios, copiando gestos, frases, actitudes y recetas de cocina. También en el trabajo, en la calle, en el bar, copiamos e intentamos que no se note, que nadie cace la trampa. Pero sólo es un engaño aceptado por todos, consentido e inevitable.

Uno ha plagiado mucho. También conscientemente. Por eso le pone a cavilar la noticia de que la Universidad de Granada baraja activar un plan para combatir el plagio de tesis, artículos y trabajos de investigación. He olvidado casi todo lo que aprendí en aquella facultad de Derecho y lo siento por quien sufragó aquel lustro, pero rascando en las galerías de la memoria doy con Alicia y sus apuntes inmaculados y fecundos. Con ellos aprobamos todos. Sólo había que aprendérselos. Doy también con Juanele y el notable en derecho natural que me procuró su cuerpo echado a un lado mientras mis ojos memorizaban su examen.

Ya en el colegio aprendí del malogrado Eustaquio y de Losada que el dibujo técnico también se aprobaba fotocopiando los ejercicios del vecino. Tuve suerte. A Maxi, el siguiente en adentrarse en la secta del plagio, lo descubrieron y penó nuestra culpa todo un verano. Me licencié y seguí copiando, apropiándome de la creación ajena con destrezas cada vez más sutiles y ayudado por el campo infinito que abre internet, donde la copia adquiere proporciones de orgía. Y así he seguido, fiel al plagio y sus derivados, como el autoplagio, el plagio interpuesto o el plagio discontinuo.

Una tarde, leyendo a Umbral, buscando algo bueno que copiar, topé con la horma de mi zapato. Decía el autor de Mortal y Rosa que cuando empezó a escribir plagiaba mucho y se apropiaba del ingenio de sus maestros, Cela y González Ruano. Así mejoró el estilo y, separando el trigo de la granza, logró hacerse con una voz propia. Y qué voz. Entonces lo entendí y mi conciencia descansó un poco. De eso se trata, de beber en las fuentes del genio, de rastrear en las huellas de quienes antes transitaron el camino de la creación o de la vida. Porque el talento puro es una excepción, lo demás es copia, remedo o incluso burda falsificación, como esos programas electorales que rivalizan en mentiras idénticas y autovías sin acabar. Pensar cansa, crear agota y la ciencia ha demostrado que las moscas -inevitables golosas/que ni labráis como abejas/ni brilláis cual mariposas- viven más cuanto menos usan el cerebro. ¿Será por eso que la esperanza de vida no hace más que crecer? No tengo respuesta, ni puedo plagiarla, bastante he tenido hoy con encontrar un texto ajeno que me sirva para rellenar este columna.

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