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Cuando un amigo se va… – ARMANDO SEGURA/CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA

OPINIÓN
TRIBUNA
Cuando un amigo se va…
ARMANDO SEGURA/CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE GRANADA
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EL Papa, según el término griego que significa padre y mejor aún en arameo abba que significa papá o papaíto, es para los católicos, una pieza fundamental de nuestra vida.

Dejando a un lado la personalidad singular del hombre que ocupa la sede de Pedro y que, en este caso, es única y arrolladora, nosotros lo queremos por otras razones.

Las razones por las que Juan Pablo II, en este caso, es tan querido no tiene que ver con su atractivo humano, sus grandes dotes, ni siquiera por aquellas virtudes, que ha desarrollado al máximo nivel: su valor, su inteligencia, su espíritu y su mismo cuerpo deportivo, su gran capacidad de comunicación, el empleo a fondo de los medios, la impresionante galería de encíclicas, enormemente pensadas, densas y que cada vez más han ido simplificándose en el deseo de hacerse entender por todos. Tampoco lo queremos por su gran simpatía, por el trato de persona a persona por su gran corazón, por su dominio de casi todos los idiomas conocidos, por su ascetismo, porque nos ha enseñado a orar y a mantener nuestras obligaciones profesionales como él las ha mantenido hasta el último instante.

Todo esto vale mucho pero no es por lo que mil quinientos millones de católicos rezamos por él. Tampoco es lo esencial, su capacidad de batir todos los récords, los ciento y pico viajes apostólicos, las multitudes que sabe atraer. De cómo ha sabido ser a la vez fuerte y valeroso hasta la heroicidad y a la vez humilde.

En su último libro Memoria e Identidad, por ejemplo, no habla de los grandes de este mundo ni siquiera de los grandes de la Iglesia. No se precia de ser amigo de tal presidente o monarca, se encariña con los amigos sencillos, con la gente sin manías de grandeza. Un hombre grande, sin manías de grandeza. Tampoco es decisivo el que sea un papa filósofo, un papa que conoce la fenomenología y la hermenéutica y que no impone nada sino que lo propone todo.

Y no es por todo estoy muchas dotes más, que le queremos los católicos. Le queremos única y esencialmente porque es la piedra que Jesús de Nazareth nos dejó para que nuestra fe no vacilara. El Papa, el que sea, es el padre que vela por la fe de sus hijos.

La vida de la fe no es la vida de la biología, aunque ésta nos proporciona el soporte de espacio y tiempo. Es la vida de Dios, de la amistad con Dios, que nos permite tener un corazón muy grande para amor a todos los seres humanos.

En la vida cristiana la fe, que no es ninguna energía psicológica, un acto de voluntad o una técnica de autocontrol, se centra en la confianza filial en que pase lo que pase, nuestro Padre Dios, está muy cerca. Y la señal más cercana de ese cuidado amoroso que Dios tiene de nosotros es el Santo Padre. Al velar por la fe, vela por la vida, por eso lo llamamos papá.

Los padres dan la vida a los hijos. A nosotros nos la da Dios por el Bautismo que no es más que el agua, que al sumergirnos en ella, nos hace morir a la antigua vida de mentira y nacemos a una vida nueva, de niños. Y creemos no porque «hay que creer», o por miedo o por la sospecha de que Dios nos engaña y conviene cumplir, creemos porque es el lazo que une al niño pequeño con su padre.

El Papa, el que sea, es el sucesor de Pedro, el pescador, no como los príncipes herederos suceden a sus padres, o como un presidente de república deja el poder al que elige el pueblo. Lo nuestro no tiene que ver con todo esto. Es más sencillo. Dios nos ha dado la vida dos veces, en la creación continuada y en la redención. Jesús ha muerto por cada uno y le encarga a Pedro que guarde la fe de sus hermanos y deje de pescar peces para pescar hombres. Por eso queremos a Juan Pablo II y a quien venga.

Cuando un amigo se va… quedamos contentos, porque el amigo se queda

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