El hombre que sobrevivió para llevar a su hija al altar
HABRÍA que haberlo visto. Seguramente con un chaqué de estreno. En una iglesia de confesión cristiana en algún lugar de Estados Unidos. Llevaba a su hija del brazo hasta el altar, donde se uniría para siempre en matrimonio con el marido que amaba y que le esperó hasta cumplir el sueño.
Esta escena, esta imagen, esta ilusión, esta esperanza -asaz común por estos pagos de Andalucía-, fue lo que mantuvo con vida durante siete largos y tortuosos años al entonces senador colombiano Luis Eladio Pérez Bonilla.
Lo recuerda así: «Fui secuestrado el 10 de junio de 2001 por las FARC en el sur de Colombia». Más o menos cuando su hija anunció el compromiso matrimonial. «La razón es que los comandantes guerrilleros pretendían hablar conmigo. 6 años, 8 meses, 17 días y 9 horas después del secuestro nunca aparecieron».
Lo único bonito de esta historia es que su hija, vía la mítica Radio Caracol, la única forma de contacto de un secuestrado por las FARC en la selva colombiana con la realidad, dijo alto y claro que no se casaría hasta que su padre la llevara de brazo hasta el altar.
Y dijo más. Le dijo también que un día se casaría. Era la mejor forma que tenía una hija, una familia, de transmitir esperanza a un padre, a una persona que sabía a la perfección «que la única opción que tenía era la muerte para dar vida y descanso a una familia atenazada por el dolor» hasta el punto de que en mitad de la selva, tras un infarto y tres comas diabéticos, «uno se encuentra ya perfectamente mejor preparado para la muerte que para la vida», recuerda ahora este ex senador en la conferencia organizada por el Instituto para la Paz y los Conflictos de la Universidad de Granada.
Cosas de la vida, Luis Eladio está vivito y coleando y su hija, felizmente casada. Dicho esto, lleno de felicidad y libertad, le llega el momento de contar qué fue y qué pasó.
Veneno, odio
Luis Eladio no tiene miedo al recuerdo. Él, de hecho, ha escrito con un periodista un libro con la historia de su secuestro y, al mismo tiempo, defiende que cada secuestrado tiene el derecho de expresar su vida como realmente quiera. Una vez clara la premisa, comienza con esta frase: «Así comenzó mi calvario». Lo resume con frases sencillas pero aterradoras.
«En esos dos primeros años terminé hablando con los árboles». «Tras cuarenta días de marcha acabamos comiendo micos (monos)». «La cara se me petrificó y tuve que hacer ejercicios de rehabilitación para poder volver a pronunciar». «Estuve cuatro años encadenado a un árbol en mitad de ninguna parte». «Sufrí un infarto y tres comas diabéticos». «El primer campamento lo llamaban \’tabla y media\’ porque era el espacio que teníamos entre alambradas de púas. Ahí estuvimos penando un año entero».
Al final, el ex senador reivindica una política en Colombia que reduzca a la guerrilla, que la escena internacional la trate como un grupo terrorista y que nadie se vuelva a olvidar nunca más de los secuestrados.
Pese a las penas, misteriosamente, en su secuestro encontró el antídoto al veneno que puebla su país. Siete años después, pide que nadie olvide a los secuestrados, se define pacifista, busca vías de negociación y recuerda que, tras su liberación, lo primero que hizo fue «pedir perdón a Colombia por no haber luchado durante mi etapa como político por solucionar graves problemas del país».
La guerrilla como opción
Luis Eladio conoce ya de primera mano los problemas que afectan al 30% de la población colombiana, que habita los medios rurales. Su retrato es el del infierno: «Los niños son raspachines que se dedican al cultivo de la coca. Las niñas. con nueve años, están prostituidas a lo largo de todos los poblachos del río».
-¿Entonces?
-«Entones llega la guerrilla, que es una forma de vida porque les asegura vestimenta, tres comidas al día y un futuro a los jóvenes lejos de las drogas, la delincuencia y la prostitución».
-¿Y la solución?
-«Hay que volcar a la sociedad colombiana. Al 70% de los que vivimos en las ciudades y que gozamos de una aparente democracia y economía. Volcar la mirada al 30% de los colombianos en la selva que mueren de hambre y sin oportunidades y que la guerrilla, la delincuencia común, el paramilitarismo y el narcotráfico no sean su opción de vida».
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