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El signo de los cuatro

PUERTA REAL
El signo de los cuatro
JOSÉ VICENTE PASCUAL/

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CREO que no conozco a Manuel Valle. Puede que alguna vez hallamos coincidido, pero de momento no ubico. Intuyo que es un investigador vinculado a la universidad de Granada, y sé de muy buena tinta, la misma tinta que empapa de excitante aroma a las obras recién sacadas de imprenta, que es autor de un ensayo enciclopédico sobre novela policial, lectura que me tiene encandilado desde hace semanas y que consta de cuatro enjundiosos volúmenes: La ciencia como ficción sentimental (Conan Doyle); Historias sin historia de la naturaleza humana (Ágatha Christie); El tewd y la seda (Dashiell Hammet); y Alma, corazón y vida (Raymond Chandler). La editorial La Vela y el animoso y sin duda incombustible José Antonio García Sánchez, Murciano para los amigos y enemigos, son responsables de la empresa, este singular y aventurado hallazgo.

Que un ensayista procedente del mundo académico emplee la ingente, colosal cantidad de tiempo, documentación, esfuerzo, erudición, análisis y amena exposición sobre tema tan popular, ya merece de por sí la atención de los lectores. El género, desde la pupl fiction americana al costumbrismo anglosajón que se expresa elocuente en novelas-enigma, siempre se ha considerado como menudencia literaria, en todo caso punto y aparte entre obras serias que aportaría entretenimiento y evasión al lector culto. Sin embargo, ningún escritor de nuestra época ha eludido la seducción de la novela policial como expresión rotunda de que la literatura o es conocimiento y emoción o no es nada. Consciente y ambicioso, como debe ser, en torno a este fenómeno de masas que subyuga a los autores más exquisitos, Manuel Valle traza un campo de acción vastísimo y prometedor, un minucioso recorrido por los cuatro autores (y sus respectivos personajes), que sin duda pueden considerarse señeros en esta especialidad de la novela contemporánea. Ese es otro de los grandes aciertos, o por decirlo mejor, contundentes méritos de la magna obra; y lo de magna es literal, hablamos de unas 1500 páginas de itinerario por la apasionante geografía de la literatura criminal. Por último, es obligatorio admitir el gozoso estupor ante el hecho de que una obra de este calado y entidad, con visos de definitiva y de sentar magisterio sobre el tema para futuras generaciones, haya sido concebida, escrita y publicada en nuestra ciudad. Lo que me lleva de inmediato a una urgente reflexión. No es cierto que la publicación de libros, en Granada, se encuentre anquilosada, menguada por la escasa potencia de nuestra industria editorial, apocada ante el vigor apabullante de las grandes corporaciones del gremio. Autores, en todos los ámbitos, léase poesía, narrativa, ensayo… los hay como en todas partes, de mérito innegable. Y editores, cuando media la voluntad de hacer las cosas bien y con real vocación de poner en las librerías títulos valiosos, se encuentran. No es que abunden, precisamente, pero haylos.

Como escritor vinculado a esta ciudad desde hace cuarenta y muchos años, de vez en cuando me siento orgulloso de algunos libros aparecidos en nuestro entorno inmediato. Fue el caso de El segundo hijo del mercader de sedas, de Felipe Romero; del Paseo naif por las iglesias de Granada, redactado por Felipe sobre maravillosos cuadros de la no menos maravillosa Maripi; de África en el corazón, de Manolo Villar Raso… y no sigo porque me entran tentaciones de hablar de la parte que me toca, sobre todo si recuerdo al negro esclavo del duque de Sessa que entre Murciano, el profesor García Marín y, humildemente, un servidor, sacamos del olvido, creo que para siempre. El signo de los cuatro es la última alegría, gozada sin paliativos, que colma mis horas nocturnas de lector insomne. Es verano, son las cuatro y veinte de la mañana y leo sobre Conan Doyle investigado desde Granada. ¿Se puede querer más? Seamos razonables: más, no se puede pedir. Ni en Granada ni en ningún otro sitio.
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