Garoña: una historia repetida
Resulta sorprendente la conmoción social generada por el posible cierre de la Central Nuclear Santa María de Garoña. Y más sorprendente aún es que este debate no se haya producido años atrás. Porque el problema de la energía no es nuevo, pero ningún partido se ha pronunciado claramente sobre la energía nuclear, como no haya sido en contra. Además, prácticamente ningún medio de comunicación social ha sido capaz de mantener criterios que no hayan sido otros que los de alegrar el oído a «los modernos».
Hace unos años, el entonces alcalde de Santa Fe y presidente de la Diputación de Granada, José Rodríguez Tabasco, organizó una mesa redonda sobre energías a la que me invitó. Propuse que me acompañaran dos ingenieros industriales de amplia experiencia: Antonio Gómez Avilés-Casco, impulsor de la primera gran cogeneración que se hizo en España (la de la fábrica de Puleva en Granada) con experiencia en todo el campo de la generación desde la nuclear hasta la fotovoltaica, y Ricardo Peláez López, toda su vida profesional dedicado a la producción y distribución de energía eléctrica. Se encontraba en esa mesa también algún político y un técnico municipal de un Ayuntamiento que cuenta con un gran polígono industrial.
Creo que no es preciso referir el resultado de la mesa. Por supuesto, fue la última vez que nos invitaron. Recuerdo a un profesor de la Universidad de Granada que decía que prefería estar dos días a la semana sin electricidad (y por tanto sin timbre de la puerta, sin ascensor, sin nevera, sin congelador, sin plancha, sin luz, sin aire acondicionado, sin cocina eléctrica, sin agua caliente, sin televisión, sin estufa, sin alimentos congelados, sin ordenador, supongo que también sin trabajar al tener que cerrar los centros de producción, etc.) por el cierre de las nucleares, que mantenerlas en funcionamiento.
Está de moda hablar del «mix eléctrico», anglicismo cursi que en castellano significa la distribución entre los diferentes sistemas de generación eléctrica para obtener la energía demandada al instante. Porque no olvidemos que la energía eléctrica hay que producirla en el momento de su consumo, de manera que si yo en este momento enciendo una luz, alguien ha de producir la energía que consume mi bombilla (y en este momento no tengo más que descubrirme ante quien hace eso posible y muy especialmente mis compañeros ingenieros industriales, protagonistas indiscutibles de este milagro).
Desde un planteamiento básico pero riguroso, una cuestión esencial es que la energía eléctrica puede ser producida por generadores gestionables y no gestionables. Los primeros son aquellos que generan electricidad siempre que lo precise el sistema: son las centrales hidráulicas y las térmicas, sea cual sea el combustible que empleen (carbón, fuel, gas, uranio o biomasa). Las no gestionables son las que sólo generan energía en unas horas no totalmente predecibles, como son las eólicas y las fotovoltaicas. Existen además, unas intermedias, como algunas termosolares que son apoyadas por gas.
Es evidente que se debe tener tal capacidad de generación gestionable que pueda suministrar a la red energía suficiente en la hipótesis de menor producción de las no gestionables. De aquí que sea imprescindible contar con las centrales nucleares que hoy por hoy son -y esto es de gran importancia- casi la única actividad cuyos residuos están total y completamente vigilados, y las centrales que, tras las hidráulicas, generan energía al menor costo.
Porque este profesor que protestaba en Santa Fe y que estaba dispuesto a estar sin electricidad en su casa, debe reflexionar que el aumento de precio de la electricidad supone el aumento de precio de cualquier producto para cuya producción, transporte, distribución, comercialización, incluido publicidad, etc. sea precisa la energía eléctrica, es decir, sobre todos los productos.
¿Quiere esto decir que se debe abandonar la energía eólica u otras? En absoluto. Es preciso seguir impulsando las energías renovables, pues sólo así se seguirá investigando para obtener generadores más eficientes. No hay que olvidar que «los ventiladores» han pasado de generar 750 kW por unidad a generar más de 2.000 kW.
Merece la pena colocarse junto a uno de esos molinos de viento y rememorar el capítulo VIII del Quijote en el que el caballero se sorprende de ver «treinta o pocos más desaforados gigantes». En la actualidad estos molinos, también denostados en sus inicios por grupos «progresistas» -lo que ha llevado a que en Andalucía no se vayan a instalar todos los posibles debido a nuestro secular retraso administrativo-, tienen más de 120 m de altura (equivalente a una casa de 40 pisos).
Y termino por donde comienzo. Los ingenieros industriales, conocedores del mundo de la energía, siempre han sido partidarios de potenciar la nuclear. Energía barata, segura, sin emisiones de CO2, con residuos controlados, y que costó cinco vidas entre los trabajadores de la central. Quizá víctima más conocida, la del ingeniero industrial José María Ryan. Fue secuestrado por ETA, quien dijo que, si se demolía la central de Lemóniz, quedaría libre. Lo asesinaron ocho días después. Estaba casado, y tenía cinco hijos pequeños. Recuerdo cuando en Granada, auspiciado por Enrique Díaz Penalva, los ingenieros industriales celebramos un funeral en memoria de José María Ryan.
De manera vergonzante se decidió, cuando estaba el primer grupo de Lemóniz totalmente terminado y pendiente de cargar el combustible, desmantelar la central, y decretar la moratoria nuclear. Les invito a que lean la historia de este desaguisado. En Internet es fácil encontrarla. Alguien, muchos, partidos que hoy dudan, partidos que decían sí, y luego no, no querían una central nuclear en territorio vasco. Su demolición costó dinero a todos los españoles. También a usted que está leyendo. Hoy, Bilbao se surte de energía de, precisamente, la Central Nuclear Santa María de Garoña, en la provincia de Burgos, a poco más de 90 kilómetros de la capital vizcaína.
Descargar