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La ideología revolucionaria de Ghadafi – MANUEL VILLAR RASO

TRIBUNAABIERTA
La ideología revolucionaria de Ghadafi
MANUEL VILLAR RASO/
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A propósito del 36 aniversario de su toma del poder, a sus 72 años el retrato del coronel Moammar El Ghadafi está en las marcas de las botellas de agua, en hoteles, restaurantes y en grandes carteles en todas las esquinas y avenidas de Trípoli, con subtítulos bajo su arrogante figura como El Libertador en el alba de la libertad, o Un gran río para un gran pueblo, aludiendo a los inmensos depósitos de agua dulce descubiertos en el subsuelo del desierto que llega bombeada al norte.

Y no es para menos, hoy el país es otro y la seguridad en Libia es absoluta, no hay hambre y nadie tocaría una cartera abandonada en medio de la calle, un policía acompaña a cada grupo de turistas, poblaciones como Ghadamés y Ghat, que vivían en medinas cerradas, con calles poco más anchas que pasillos y que recibían la luz y el aire por el cielo, el Coronel las ha sacado a campo abierto y hoy viven en bloques modernos por la periferia.

Trípoli y Bengazi son ciudades modernas con amplias avenidas, jardines, museos sobre la rica herencia romana de Sabrata y Leptis Magna, autopistas por los alrededores y, junto a ellas, interminables casuchas a medio construir en medio de una inmensa suciedad de plásticos, sobre los que los carteles del Coronel celebran su reinado con las grandilocuentes palabras de paz, amor e igualdad para todos.

Cualquier libio me consideraría un estúpido si negara que su Coronel es un ser especial, elegido por Dios, entre otras razones porque hombres y mujeres han sido educados para creerlo y no tienen elección, salvo los disidentes en el extranjero, que según lenguas confidenciales son muchos y de ahí que el Régimen se endurezca. Las niñas tienen escuelas y el ir a la escuela es un motivo poderoso para salir a la calle y flirtear a su manera, vestidas de la cabeza a los pies con velos que ocultan partes tan eróticas como las orejas, el pelo y el cuello, pantalones ceñidos que señalan sus nalgas sin pudicia, muy curiosas y simpáticas ellas con el extranjero al que se acercan para probar sus rudimentos de inglés y su coquetería descarada. El problema de la mujer libia, pasada la edad escolar, sin embargo, es otro y, salvo las afortunadas que acceden a las universidades, su destino será la casa, donde se las guarda en hornacinas como auténticas huríes de lujo a la espera de un hombre con dinero, porque ni se las ve en los negocios ni en las tiendas, salvo para hacer la compra.

La impresión, viajando por este inmenso país, tres veces España, con los desiertos más bellos de África, entre los que destaca el Acacus, es que hay muchas Libias o al menos dos muy claras, la rural que vive en el medievo y la urbana, centrada en tres o cuatro ciudades. En la rural, con el 90% del territorio, la mujer no existe y apenas se la ve. En la urbana, se la ve naturalmente, pero salvo excepciones sigue ausente de la vida pública y no lo tiene más fácil que en los países del Golfo Pérsico. La propaganda oficial, sin embargo, es otra y en El libro verde del Coronel, réplica del Libro rojo de Mao, hombres y mujeres son iguales ante la ley, pero nada más falso: El hombre está en la calle y la mujer en la casa, sujeta al respeto atávico de padres y maridos, sus señores naturales.

He visitado la universidad Al Haleb con la Universidad de Granada y he comprobado que las muchachas acceden a los estudios superiores; pero su insignificante presencia en la vida pública son la mejor prueba de la demagogia del Coronel. Entre sus grandes logros está la Academia Militar Femenina, la Jamashirya, cuerpo especial para la defensa de su democracia directa en el que las mujeres visten traje militar durante el día y manto de lino fino durante noche. De este cuerpo sobresalen las monjas revolucionarias o nuevas mujeres liberadas, guardianes de la revolución, el Rahibat, élite femenina muy poco conocida y de la que apenas se habla, pero de la que le gusta rodearse el Coronel, para algunos su guardia personal, responsables de su vida, y para la mayoría su harem. «Cada edad, cada civilización», dijo el Coronel en un discurso del año 84, «ha engendrado un movimiento de fervor religioso que ha existido antes del Islam y del Cristianismo, y que entregan su vida a Dios. ¿Por qué las cristianas se hacen monjas y vosotras os sentáis a ver? ¿Son las monjas cristianas más grandes que la Revolución de la Nación Árabe?». Esta élite de monjas revolucionarias y ángeles de pureza renuncia a la vida privada y al matrimonio: «situaciones que no están en contra de la naturaleza, pues en ambas las mujeres sois las perdedoras. Ni la vida privada ni el matrimonio son obligatorios en el Islam y vosotras no sois gallinas», finalizaba su discurso.

María Graeff-Wassink, que ha estudiado a fondo la ideología de Maommar el Ghadafi, dice en su libro, Mujeres en armas, que el Coronel intenta hermanar su ideología revolucionaria con la religión coránica y ambas chocan de plano con la vida actual. Ni convence a las feministas occidentales ni a las propias libias, que no pueden aceptar que el hombre sea el dador de la vida y el poder les venga de ellos. No lo pueden aceptar y no puede haber equilibrio de sexos si a las jóvenes se le prohíbe la libertad, la rebelión y el aborto, se condena la prostitución y siguen sometidas por leyes coránicas a padres y maridos como menores de edad, mientras el Gran Hermano vive rodeado de una hermosa legión de santas mujeres al servicio de la Revolución y del suyo propio.

Con esta Libia del Coronel Moammar El Ghadafi he finalizado mis expediciones africanas que empezaron en solitario el 81 en Tombuctú, tras la historia de los moriscos españoles, y siguieron con estudios sobre la mujer africana con la Universidad de Granada por Mauritania, el Malí, Burkina Faso, Níger y Sudán, para acabar en Libia, la Libia del Coronel Moammar El Ghadafi, del que dicen las malas lenguas que el subsuelo libio es del Coronel y la superficie de sus 17 hijos. En el inmenso sur, ríos de leche y miel (petróleo y Gas), manan en inmensas cantidades por obra de la Exom americana, la Shell británica, la Total francesa y la Repsol española, mientras a la población anclada en el pasado, tal riqueza le llega a cuentagotas y siempre disfrazada por la huera ideología del Coronel, uno de los megalómanos más grandes del mundo actual.

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