VIVIR
Sopeña señala que nadie superó las marcas de la escuela de la posguerra
El autor de El florido Pensil señala en Jaén que esa educación «marcó a una generación» y que «muchas de las cosas inculcadas han quedado como esquirlas»
ANTONIO ORDÓÑEZ/JAÉN
EN JAÉN. Andrés Sopeña Monsalve (a la izquierda), durante la conferencia-coloquio celebrada ayer. / LUCAS CONTRERAS
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SUS TRABAJOS
F Profesor universitario: Andrés Sopeña Monsalve comenzó su labor como escritor no hace muchos años, con el libro sobre el que versó su charla. Es profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Granada, aunque la Comunicación Social es otra de sus pasiones.
F Otros libros: Tras el éxito de Pensil, escribió La morena de la copla, un ensayo sobre la socialización de la mujer en esos mismos años. «¿Tente, iracundo, otomano!» es su tercer trabajo, donde se centra en tebeos, como el de El Guerrero del Antifaz, que centró la infancia de los niños de la posguerra.
Andrés Sopeña Monsalve, autor del conocidísimo libro El florido pensil, sirvió ayer para inaugurar un ciclo de conferencias de la Asociación Jaén Debate en honor de uno de sus impulsores, el fallecido Francisco Tudela. Sopeña, con un tono divertido, realizó ayer una conferencia-coloquio ante decenas de asistentes donde a través de anécdotas de su niñez desentrañó cómo era esa educación en los colegios de los años del nacional-catolicismo.
El pelota Torrecillas; Fernandito, el hijo del médico; el bruto de Ruiz; Briones, el tonto, o Sánchez Peinado, el huérfano, son los compañeros de la infancia de Sopeña a través de los cuales el escritor explicó esos estereotipos que marcaban la historia escolar de aquellos años de la posguerra. Andrés Sopeña recordó las diferencias entre todos aquellos personajes; el porvenir tan distinto que le esperaba a cada uno de ellos y la manera en la que el profesor o el cura aprobaba o reprochaba las actitudes de cada uno de ellos.
Sopeña habló de esa educación donde se estudiaban de memoria cosas en primera instancia incoherentes; donde la mano dura estaba a la orden del día y en la que la marca y la ideología del régimen nacional-catolicista se imprimían en las técnicas y materiales didácticos.
Durante la charla, el autor de El florido pensil proyectó unas imágenes que sirvieron en cierto modo para reflejar un poco cómo era aquella época. Junto a anuncios típicos de aquellos años (como el del Norit), dio un repaso por el nombre de algunas de las publicaciones utilizadas para enseñar la historia de España: Yo soy español, La Escuela y la Patria, Temple Juvenil, Glorias Imperiales, etc. Aquella era una sociedad donde la radio era el principal medio de comunicación desde donde grandes figuras de las ondas deleitaban a la ciudadanía con concursos y seriales.
Sopeña también publicó posteriormente otro trabajo basado en los cómic que entretenían a los niños de la época. El popular tebeo tampoco dejaba de lado la ideología. Así el profesor universitario y escritor mostró recortes de tebeos donde aparecía cómo El Guerrero del Antifaz mataba a los moros en nombre de Dios y unos sarracenos vapuleados afirmaban: «España no es tierra para nosotros, estaremos mejor en África», o cómo los detectives Roberto Alcázar y Pedrín manifestaban que lo mejor que le podía pasar a una mujer era casarse.
Secuelas
Aunque Sopeña utilizó en todo momento el tono cómico y divertido, al terminar su intervención se mostró más serio y señaló que aquella época, a pesar de lo divertida que pueda parecer tras relatar esas anécdotas, «marcó a una generación y nadie debería presumir de que lo ha superado». El escritor mantuvo que a pesar de que todo aquello ha quedado atrás para muchos de aquellos niños, hoy adultos, muchas de las cosas que se les inculcaron han quedado como «esquirlas» que son muy difíciles de abandonar y aún perduran en muchos aspectos.