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Teresa Santa Cruz

TRIBUNAABIERTA
Teresa Santa Cruz
MANUEL TITOS MARTÍNEZ/
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A través de la llamada de un amigo común me llega la no por esperada menos triste noticia del fallecimiento de Teresa Santa Cruz Heredia. Teresa en realidad sería una persona anónima, de no llevar el apellido que heredó de su padre, el conocido ingeniero Santa Cruz.

Entre las numerosas ejecuciones que tuvieron lugar en Granada durante la Guerra Civil, dos llamaban poderosamente la atención de los jóvenes que, a finales de los años sesenta, buscábamos ávidamente información entre los escasos textos, publicados todos ellos en el extranjero, dedicados a aquella cuestión; se trababa de García Lorca y Santa Cruz. Dos hombres buenos, pertenecientes a una clase social que se supone debería estar con los sublevados, ambos implicados escasamente en la política y a quienes la ciudad de Granada debía obras importantes y aportaciones imperecederas.

Juan José Santa Cruz fue un ingeniero de caminos nacido en Madrid en 1880. Estudió ingeniería de caminos, profesión que ejerció en Canarias, Alicante y, desde 1914, en Granada. Aquí realizó numerosas obras hidráulicas, terminó el puerto de Motril y proyectó y dirigió la carretera de Sierra Nevada, cuya construcción inició en 1920 y de la que en septiembre de 1935 inauguró su llegada hasta el pico del Veleta . Santa Cruz fue presidente del Centro Artístico entre 1926 y 1930 y fue elegido Diputado a Cortes en 1931, cuando se proclamó la II República española. Fue Ingeniero Jefe de Obras Públicas de Granada, cargo en el que fue mantenido por los diferentes gobiernos republicanos, de izquierdas y derechas, desde 1931 a 1936. En 1933, cumplido su mandato en las Cortes, Santa Cruz abandona la política activa para dedicarse tan solo a tareas profesionales, no renegando nunca de su condición de hombre republicano, liberal y demócrata. Tal vez por eso al estallar la guerra civil fue detenido, juzgado y ejecutado. Todo ello para escarmiento colectivo y sorpresa generalizada. «¿Quién va a quedar vivo en Granada si han matado a Santa Cruz?» me contaba Miguel Rodríguez-Acosta que le oyó decir a su padre cuando recibieron la noticia en Estoril.

Su último testimonio, su mejor texto, es la carta que desde la cárcel escribió unos minutos antes de ser fusilado a su hija Teresa y que esta ha conservado como su herencia más preciada: «Querida hija: me voy sin verte. Necesito todo mi valor y al ver que te perdía no podría tenerlo. Se buena, no hagas daño; ten paciencia con tu madre y respétala. Trabaja en algo, pinta y canta en recuerdo mío. Odia todo lo que represente daño y sangre y acuérdate de quienes te dejan sin padre; no los odies, pero evítalos. Al entrar en la eternidad te besa con todo el cariño que te tuvo tu padre, para quien fuiste todo y que en el último momento, se acordará sólo de ti».

Teresa era entonces una joven que aún no llegaba a los veinte y que en belleza aventajaba a todas las demás. «Cuando subían ella y la Müller a caballo por la calle Reyes Católicos -me contaba Manuel López Vázquez- la gente se paraba en las aceras a contemplar el espectáculo que las dos muchachas ofrecían». Realmente no hay más que ver las fotografías que figuran en los libros que Fernández Castro y yo mismo dedicamos a la figura de su padre, para darse cuenta de que no había en el recuerdo de nuestro añorado pintor ni un ápice de exageración.

Teresa, como tantos otros huérfanos, viudas, padres y madres de la guerra, tuvo que superar todo aquello como pudo y lo hizo, como le recomendó su padre: sin odio. Su inconmovible fe le ayudó a soportarlo, con la esperanza puesta siempre en otro lugar.

En 1993 en un último acto de desprendimiento y generosidad, Teresa Santa Cruz donó a la Universidad de Granada los papeles que aún tenía de su padre, para que allí pudieran ser conservados y consultados por ésta y sucesivas generaciones. El Rector recibió el legado documental y le otorgó la Medalla de la Universidad. Poco para lo que ella se merecía.

Hoy, mirando un bodegón que ella pintó para mí, lo último que hizo y en el que su vista le jugó alguna mala pasada que para mí conservo, la recuerdo y le deseo que descanse en paz, por fin, con su padre, al que no dejó de añorar ni un solo día de su vida.
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