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Un paseo por la Antártida

– Un paseo por la Antártida

CAMINANDO entre pingüinos. «Lo único que se puede hacer en la Antártida es ciencia», según el testimonio de los geólogos de la Universidad de Granada que visitaron recientemente la zona. Los científicos estuvieron en las islas de Decepción y Livingstone.

La primera es una de las que forman el archipiélago de las Islas Shetland del Sur y está situada en el Mar de Bransfield. Se trata de uno de los pocos volcanes activos de la Antártida. Este volcanismo podría deberse a la existencia de un rift en expansión en el Mar de Bransfield, consecuencia de la compleja dinámica de placas y microplacas que existe, pues confluyen las placas antárticas del Pacífico y del Atlántico, o la placa de Scotia, entre otras.

Aunque esta afirmación está todavía sujeta a las investigaciones. Todo ello hace que la zona tenga un altísimo valor ecológico y geológico. «Uno de los objetivos de nuestro viaje ha consistido en hacer mediciones geofísicas con un magneto telúrico», señala Antonio Pedrera, uno de los geólogos que el pasado mes de enero se aventuró a conocer este singular espacio.

Este aparato funciona de manera que mide las propiedades eléctricas de las rocas que hay en la profundidad de la corteza. «Sirve para hacerse una idea de lo que puede haber abajo y poder investigar la distribución de rocas y su estructura», detalla Pedrera.

El equipo de geólogos ha contado también con la presencia de Nemesio Heredia, del Instituto Geológico y Minero de España (IGME) en Oviedo, y Ana Ruiz Constán, geóloga del departamento de Geodinámica de la UGR.

Conocer la superficie

Otro de los objetivos del equipo de científicos ha consistido en la observación de la estructura superficial, con especial atención a las fracturas que presentan, con la idea de sumar un mayor conocimiento geológico de la zona a otras investigaciones anteriores.

«Allí la fauna no tiene conciencia de ti como depredador; los pingüinos se te acercan sin miedo», explica Ana Ruiz, otra de las aventureras. Los elefantes marinos y las focas también son frecuentes en este entorno, e igualmente campan a sus anchas en plena libertad.

No interferir en la fauna y en el paisaje de la Antártida es una de las normas principales que han tenido que respetar los investigadores. Estas reglas se recogen en el Tratado Antártico, un documento que fue firmado en 1959 y que congela las aspiraciones territoriales de los signatarios, además de limitar la dedicación de las actividades de la Antártica a misiones pacíficas, en particular científicas. España se sumó a este contrato en 1982.

Este tratado es prueba del indiscutible valor de este paraje, hasta el punto de que no está permitido generar residuos en la zona. Esta circunstancia ha obligado a los visitantes a tener que guardar sus deposiciones en bolsas herméticas mientras pisaban este suelo tan valioso a nivel ambiental.

El viaje se realizó en época del verano austral, con lo que la temperatura en la Antártida estaba en torno a los cero grados centígrados. En la isla Decepción hay ubicada una base militar española y en Livingstone una base de Unidad Tecnológica Marina (UTM). Pedrera señala al respecto que ambas bases acogen una notable afluencia de científicos e investigadores de la zona. «Tanto los militares como los técnicos de la UTM han colaborado y nos han ayudado a cargar con los equipos», asegura el geólogo.

Este espacio, además de ser un tesoro geológico, constituye uno de los pocos lugares en los que la naturaleza aún no ha conocido la figura del depredador.
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