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Ciencia en coral fino
08-07-2008
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Juan Carlos Braga, en su despacho de la facultad de Ciencias, sostiene unas muestras de material geológico. Charo Valenzuela
MULTIMEDIA
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Juan Carlos Braga, catedrático de Estratigrafía y Paleontología de la UGR, busca explicaciones a los cambios climáticos que ha vivido el planeta en los arrecifes australianos, caribeños y tahitianos. EMILIO FUENTES. El despacho de Juan Carlos Braga es un auténtico pedregal. Un pedazo de Almería por aquí, un trozo de Tahití por allí, un fragmento de Papua- Nueva Guinea por allá y quizás también un corte de la Gran Barrera de Coral Australiana sobre el escritorio. Tampoco faltan los mapas de topografía submarina. Hay de muchos lugares, pero llaman la atención los que describen el fondo oceánico de una parte de las antípodas. El mundo cabe en este soleado rincón de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada (UGR).
Para el catedrático del Departamento de Estratigrafia y Paleontología, los últimos 20.000 años del planeta que pisamos “son anteayer”. Lo suelta así, como si nada. La afirmación suele ir acompañada de gestos retorcidos en el interlocutor no iniciado. No pasa nada, está acostumbrado. Lleva en esto desde los setenta. “Para que te hagas una idea, Altamira se pintó hace unos 12.000 años”, aclara con una sonrisa, rescatando al oyente del estado de catarsis. Las cálidas aguas australianas o hawaianas son algunos de los sitios en los que trabaja.
También bucea por el Caribe y Tahití. Las suaves corrientes balancean el barco que le lleva de aquí para allá, mientras el horizonte se tiñe de rojo, al amanecer y al atardecer, dejando tras de sí un rastro de postales dignas de cualquier establecimiento de recuerdos para la familia. Es un escenario laboral único, ¿quién lo dudaría? La forma es ésta. El fondo son duras campañas de investigación de sol a sol –albas y ocasos– con ambientes cargados de humedad que descubren nuevos mundos al sudor y hacen estallar los poros de la piel, odiosos insectos, intensas jornadas de recogida de muestras, chascos, comidas malas o buenas, pero nunca españolas, y noches de insomnio que suelen borrar de un plumazo la magia de un entorno que seguramente invitaría a soñar en vacaciones.
Juan Carlos no es periodista, pero ha realizado muchos perfiles. De montañas y valles, de terrenos boscosos, de arrecifes y lechos marinos. Su actividad científica es fina como el coral. En él residen muchas de las claves del clima que determina la vida en la Tierra, una vida que se dirige desde la superficie, pero a la que se debe buscar explicación bajo el agua. A eso se dedica el catedrático de la institución académica granadina. Hoy se le puede encontrar en el ala izquierda del edificio de Fuentenueva, mañana quizás no.
Los compañeros de departamento aprovechan que la puerta está abierta para saludar, para preguntar por la salud y todo lo demás. El teléfono tampoco para. Mientras explica las líneas de estudio en marcha, habla sobre la campaña que le llevará, de nuevo, a la Gran Barrera en otoño. “Quiero organizarlo bien para aprovechar los días al máximo”, le indica a una colega. Y es que Juan Carlos juega en la Primera División de la actividad científica. Se halla enfrascado en varios proyectos internacionales, en los que ha colaborado con profesionales de institutos norteamericanos y europeos.
Recuerda la experiencia con la gente de la factoría HP para el diseño de un robot submarino con el que seccionan y recopilan las muestras. “Es un aparato parecido a esos con los que se funciona en Marte. Se mueve desde el barco, con unos mandos parecidos a los de la ‘Gameboy´”, cuenta Braga, haciendo un esfuerzo para que la explicación resulte divulgativa. Las rocas lo saben todo. También la tierra, que habla a través de sus capas. Los estratos son las letras de este particular abecedario geológico, que es la base de un idioma especial. No todo el mundo es capaz de usarlo.
Juan Carlos ha aprendido a leer los mensajes que los climas remotos estamparon en el subsuelo, los que también dejaron por debajo de la línea de flotación, en espacios en los que el hombre rara vez se aventura. Todo esto permite saber que hace unos 20.000 años el nivel de las aguas se encontraba unos 120 metros por debajo del actual. “De la misma forma que hace unos 100.000 se hallaba cuatro o cinco metros por encima”, sigue comentando. En las profundidades de Hawai o Tahití es donde el profesor trata de encontrar huellas que permitan confeccionar teorías sobre el ritmo de estos cambios. Para comenzar a hablar es necesario llevar a cabo multitud de sondeos con el ‘aparatejo´ antes descrito.
El material extraído se analiza y se examina. Es la materia prima con la que se empieza a tirar del hilo. Los cambios en la altura de los océanos determinan variaciones en los bancos coralinos, que muestran los detalles de un planeta fósil que nada tenía que ver con el de ahora. Es como viajar en el tiempo, millones de años atrás. La mayor parte de la información está bajo el mar. Tan sólo hay que tener la habilidad de recopilarla. “La mayor concentración de biodiversidad de la Tierra se localiza en estos momentos en la zona de Indonesia, en la conexión entre el Índico y el Pacífico, pero éste es otro de los parámetros que ha mutado a lo largo de las eras.
Hace 50 millones de años residía en el Mediterráneo y hace unos 20 millones entre la India y la península arábiga”, explica Braga, detallando otro de los campos que son objeto de su actividad. Intenta buscar las razones que motivan estos movimientos. Todo parece indicar, según cuenta, que es responsabilidad de las dinámicas tectónicas. La prestigiosa revista Science se hará eco próximamente de los avances en esta investigación. No oculta que andar contando en milenios te hace ver el mundo de otra manera.
Pese a todo, como cualquier hijo de vecino, gasta reloj. Y hasta intenta ser puntual: “Que tarde es ya. Tengo que irme, me están esperando”. La frase resulta irónica después de haber observado en un gráfico de ordenador cómo el mar entraba en la costa andaluza hace varios cientos de miles de años.