Ser madre pese a la cárcel
Una treintena de presas vive con sus hijos en la prisión de Albolote, veinticinco de las cuales están en un módulo especial y cuatro en una unidad en régimen abierto.
Treinta mujeres de la cárcel de Albolote viven con sus hijos pese a estar privadas de libertad. Aproximadamente veinticinco de ellas están en el módulo 10, según los datos aportados por el programa ‘Romper cadenas’ que trabaja con estas presas en cárceles como la granadina, Alcalá de Guadaira y Palma de Mallorca. Además, cuatro de estas treinta presas cumplen en régimen abierto la última parte de sus condenas en una “unidad dependiente”, una casa situada en un pueblo del área metropolitana.
Las que están en el recinto penitenciario de Albolote tienen consigo a sus hijos de hasta tres años. Hasta esa edad, se prima en los niños el vínculo materno sobre la desventaja que significa que estén en prisión. “Es mucho más beneficioso ese vínculo”, señala Francisco del Pozo, responsable del programa en Granada. El contexto perjudicial que significa estar privado de libertad no es tan importante para los pequeños como que el hecho de que estén en contacto permanente con sus madres, sobre todo en los primeros meses de vida, cuando están en periodo de lactancia.
Una vez que superan los tres años, los psicólogos y expertos socioeducativos realizan otro análisis. Se prima la libertad y, en este sentido, se busca que estén bien con la familia extensa, es decir, los parientes más lejanos como abuelos o tíos, bien en centros de acogida como los que tiene la Junta de Andalucía.
O bien en la “unidad dependiente de la madre”, un piso destinado a presas con hijos de hasta seis años. Aquí se disminuye el impacto que para los chavales empieza a tener vivir en un medio tan hostil como la cárcel cuando empiezan a tener capacidad de consciencia. Según datos oficiales, en octubre de 2007 había 163 mujeres en los módulos 9 y 10 de la prisión de Albolote del total de 1.787 internos.
Es decir, las madres con hijos son una minoría dentro de la minoría, tradicionalmente olvidada, de las mujeres presas. Para paliar este olvido, surgen iniciativas científicas como el primer congreso internacional de acción socioeducativa en el medio penitenciario que se celebrará en la capital desde el próximo 10 al 12 de diciembre en la Universidad de Granada.
Llevará el título de ‘Mujeres, infancia y familia’. Según la presidenta del comité organizador, Fanny Añaños, el éxito de este congreso es que aunará no sólo la visión de los profesionales que trabajan con estas mujeres sino también la de los académicos y, lo que es más importante, la de las instituciones. Es además el primero en esta materia que convoca a expertos no sólo españoles sino también de otras partes de Europa y latinoamericanos.
Aunque anteriormente se han celebrado encuentros del programa ‘Romper cadenas’ en distintas ciudades españolas, no fue hasta 2005 cuando, gracias a una comunicación en unas jornadas sobre educación social, se impulsó el estudio de la realidad de las mujeres en el medio penitenciario desde la Universidad. Su visibilidad es esencial y no es fácil. Estar en la cárcel es una experiencia que marca una vida, la presente y la futura.
Pero estar con ellas en una prisión como la de Albolote y asistir, por ejemplo, a uno de sus talleres literarios puede dar pautas desconocidas: su encuentro con cierta libertad interior que, fuera, en un contexto que muchas veces está dominado por la drogodependencia y la violencia machista, no pueden siquiera intuir. Añaños se refiere a esta realidad poliédrica: la prisión suscita, ante todo, “miedos, temores” pero, por otro lado, existen programas y actividades “para intentar la reinserción”.
Aquí emerge el gran número de educadores sociales que están trabajando con ellas en los últimos años. Esta “pluralidad” no es fácil de afrontar dado el “sigilo” con el que tradicionalmente se ha visto a la presa en la sociedad. La delincuente ha estado invisible, apunta Añaños.
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