– Con trazos depresivos
Según un estudio realizado por la Universidad de Granada, dibujar en la parte inferior de un folio puede indicar trastornos depresivos (?) Por el contrario, si el dibujo se realiza en la zona superior de la hoja, nos encontramos ante un individuo con una personalidad optimista, soñadora e idealista (?) Finalmente, concluye la sesuda investigación, si el dibujito se pinta en el centro, ahí nos hemos topado con un notas con una gran seguridad en sí mismo (?) El trabajo no dice nada (aunque nos lo imaginamos) acerca de aquellos que ante el folio en blanco no son capaces siquiera de pintar la maja desnuda con cuatro palos y dos círculos (tal es, por ejemplo, mi habilidad como retratista) o de aquellos otros, peritos en llenar el folio con grandes barbaridades o disparates, ya sean dibujadas o escritas (y no me miren a mí, que ahora las columnas incluyen foto). No deja de ser una majadería gansa la forma en que algunos despilfarran las perritas del I+D, pero, bien mirado, este estudio psicoanalítico nos vendría de perlas a todos los docentes a estas alturas del curso. Sin ir más lejos, le voy a mandar a mis regatones que en el examen final me dibujen algo en un folio en blanco, a ver dónde me colocan la obra de arte. Si me sale depresivo, le voy a poner un cinquito, para que se anime. Si me sale soñador, lo voy a suspender, para que baje de las nubes y ponga los pies en el suelo, que la nueva LOE (tiene un conejo chiquitito y juguetón) quiere ciudadanos al pie de la cadena de montaje. Y si me sale un tío seguro y confiado, me lo tumbo igual, para que no sea tan chulo. Y es que el futuro de nuestro país debería estar en manos de personalidades depresivas, que al fin y al cabo son las que se liman los codos estudiando. Mi época estaba llena de regatones depresivos que nos pasábamos las horas de clase pintando guarradas a pie de pagina. Los libros de texto eran un suplemento escolar del Playboy. Por ejemplo, dibujábamos en la esquina derecha de cada página la secuencia fotográfica de un tío y una tía que se encontraban por la calle y se ponían a follar sin más (una de nuestras grandes fantasías adolescentes de amor libre). Luego pasábamos las páginas rápidamente e inventábamos el cinematógrafo, en su versión video casero casposillo de Serie B. Como no era dibujante, yo le encargaba el trabajito al Drácula, un colega de primero de BUP que pintaba mejor que Leonardo da Vinci. Y, mientras él me decoraba el libro, a mí no se me ocurría otra cosa que atender en clase.